Nuevo
enfoque al estudiar
El joven que siente sorpresa y una gran curiosidad ante las cosas que
va conociendo y, a la vez, una alegría por irlas comprendiendo
y abarcando, tendrá deseos de estudiar todo aquello que le ayude
para esta apasionante aventura. Por el contrario, a quien no se le ha
despertado esta ansia de conocer y conocerse, estará apático
y abúlico frente al esfuerzo que conlleva estudiar e investigar.
Desde este presupuesto, cabe planear la enseñanza con el siguiente
esquema realista existencial:
1. En la familia y en los centros de estudio es conveniente, ante todo,
hacer sentir al joven la sorpresa de existir él mismo, ya que antes,
no era. Más aún, que podía no haber sido ni ser nunca
jamás (por ejemplo si sus padres no se hubieran conocido).
2. Es de espera que el niño, el joven, al tener clara conciencia
del hecho del que existe pudiendo no haber existido, sienta una grande,
enorme alegría. vale la pena dejarle que exprese esta alegría
de vivir, libre y espontáneamente y hasta con exaltación
manifestada de mil maneras. Aquella sorpresa y este gozo son un gran motor
para desarrollar todas las potencialidades del ser humano.
3. Hay que ayudar al joven a que comprenda que si sus padres o la historia
hubieran sido distintos, no se habría dado aquella circunstancia
precisa y puntual en el tiempo y en el espacio, causa de su engendramiento.
La historia fue como fue, con sus avatares buenos y malos. Los contemporáneos
de esos hechos gozaron o sufrieron, se comportaron bien o mal. De mucho
de lo que hicieron, tendrían seguramente que arrepentirse. Pero
para nosotros la historia tal como fue, ha sido la oportunidad única
que ha posibilitado nuestro más importante bien: el existir, fundamento
para nosotros de cualquier otro bien. Si la Historia hubiera sido de otro
modo, nosotros no existiríamos.
Por ello hemos de soportar con paciencia y hasta con buen humor en el
presente, las consecuencias lógicas del pasado; pues sería
una contradicción alegrarnos de que el pasado hubiera sido como
fue -pues gracias a ello existimos- y no aceptar sus consecuencias tanto
buenas como malas, en el presente. Lo cual no quiere decir que uno tenga
que estar pasivo frente a estas actuales situaciones. Todo lo contrario.
Debemos esforzarnos en corregir lo más posible esas consecuencias
nocivas.
El joven es un hombre nuevo. No ha de tener remordimientos de lo que hicieron
sus antepasados, ya que él no existía. Y tampoco resentimientos
contra las demás personas ahora presentes, próximas o de
cualquier otra parte del mundo, quienes tampoco son responsables de lo
que hicieron sus antepasados contra los nuestros.
No hay, pues, que hacer recaer las culpas de los padres - o de las generaciones
anteriores- sobre los hijos. El que sean en efecto hombres nuevos, libres
de culpas e igualmente de glorias, es para ello una nueva fuente de alegría
primigenia. En estas circunstancias de autonovedad, es sin embargo bueno
que conozcan la Historia tal cual fue, y sin tapujos, la realidad presente
fruto de aquella. Este exacto conocimiento puede ayudar a que se haga
el esfuerzo de no repetir los errores, injusticias o crueldades cometidos
en la Historia. Y así, sintiéndose lúcidos y amistosamente
fraternos con todos los coexistentes, libres todos de remordimientos y
resentimientos, es como se pueden sentir hacedores de una sociedad más
equilibrada y gozosa.
También el joven debe aceptarse a sí mismo, pues ha de entender
que su única posibilidad de existir es haber sido engendrado por
su padre y su madre en aquel instante preciso. Ello le da una carga cromosómica
determinada. Por lo tanto, es como es y quien es o no sería nada.
Claro está que debe emplear sus energías en mejorar todo
lo posible sus limitaciones y deficiencias. Esa cordial aceptación
de uno mismo es, a su vez, otra fuente abundante de alegría y de
energía vital.
Asumido lo precedente, es como se puede recibir con gozo y hasta gratitud
toda la herencia cultural de los antepasados, que con tanto esfuerzo y
sufrimiento a veces, fueron consiguiendo a lo largo de los siglos: desde
hacer saltar chispas con pedernales hasta los antibióticos o las
energías alternativas, pasando por todo el acerbo de arte y pensamiento.
Hacerse con este patrimonio es acicate para el estudio profundo luego
de cualquiera de las ciencias o normas del quehacer humano.
4. Desde esta atalaya, el joven se sentirá impulsado también
a otear nuevos horizontes: lo que queda por descubrir en todas las direcciones
del saber, la cantidad ingente de inventos que aún se pueden lograr.
Se le despertará así el ansia de investigación y
creatividad.
5. La razón humana no es una semidiosa que se encarna en nosotros
haciéndonos divinos. Somos seres meramente contingentes. Creernos
más de lo que somos, es una tentación a la que el racionalismo
a ultranza es muy proclive.
Nuestra "razón" es nuestra y por lo tanto tan contingente
como nosotros mismos. Es limitada y aunque tuviera por delante todo el
tiempo que quisiera, descubriría muchas cosas, pero no abarcaría
más allá de su limitada potencia intrínseca. Todo
esto quiere decir que la razón por mucho que avance, se topa siempre
a la postre, con el misterio.
La razón puede llegar a otear que si alguna vez no hubiera habido
nada -nada ni nadie-, ahora no habría nada porque nada es nada
y nada puede hacer. Ahora hay algo, luego siempre ha habido algo. Pero
la razón humana no puede alcanzar a comprender por sí misma
con claridad, qué es y cómo es ese algo que existe desde
siempre y mucho menos saber por qué existe algo en vez de nada.
La razón hará bien avanzado en la investigación todo
lo que pueda. Pero sería tonto -o sea, muy poco razonable- que
se pusiera a patalear al topar con el misterio, que no sólo está
en la ultimidad de las cosas sino también en la de los otros y
hasta en el fondo de uno mismo. Los filósofos, tratan de palpar
con sus teodiceas -que no de desvelar- ese misterio. Lo mejor es que la
razón, al tener una postura realista, sienta la alegría
de llegar a donde pueda, aceptando con normalidad que siempre queda un
misterio inabarcable para ella. Esta alegría y este realismo son
otra fuente de impulso para seguir adelante en nuestra tarea global.
6. Con el acerbo cultural asumido, enriquecido con las nuevas aportaciones
de las investigaciones y creatividad propias y de nuestros contemporáneos,
es lógico sentir un enorme deseo de "ajardinar el universo".
O sea, hacer una buena aplicación de las ciencias económicas,
sociales, políticas así como de las ecologistas, pedagógicas,
etc. y de todo arte. Este colaborar a hacer más humano y habitable
nuestro planeta -y en su día hasta las galaxias- es un renovado
gozo y una nueva fuente de energía.
7. Lo anterior despierta de ordinario un enorme sentido de solidaridad
y de respeto a los derechos humanos, pues nada ni nadie es ajeno a nadie.
Cada vez más cualquier actuación humana significativa, ya
en el terreno de las ideas o en el de la praxis, puede tener gracias a
los mass-media y a otras repercusiones, consecuencias en cualquier parte
por lejanas que sean.
8. Solidaridad y respeto de todos con todos, que deben manifestarse especialmente
en una solicitud para aquellos que estén al alcance de nuestra
directa actuación, y de nuestra ternura.
9. El ser humano que ha logrado lo anterior, está maduro para pasar
un examen muy particular. Si lo supera con éxito, es cómo
podrá acceder -y sólo así- a vivir la mayor plenitud
que se describe en el apartado siguiente. Este examen es sobre nuestra
aceptación gozosa del hecho de morir. Algunos dicen: "me gusta
haber nacido, existir, vivir; pero no me gusta morir. Preferiría
vivir sin tener que morir".
Esto significa que no les acaba de gustar ser lo que son: seres humanos.
Preferirían ser como unos dioses. No se aceptan plenamente a sí
mismos. Desearían ser de otra manera: inmortales. No se dan cabal
cuenta de que son como son y quien son, o ni siquiera existirían.
Los que no mueren son precisamente los seres humanos que hubieran nacido
si la Historia hubiera sido diferente, pero jamás llegarán
a ser. Morir es la prueba de que he tenido el gozo de existir. Y aunque
no hubiera nada para nosotros después de nuestra existencia terrena,
que mi mismo yo se aniquilara, valdría la pena, aun así,
de haber existido: de haber visto un amanecer o un atardecer, una rosa,
o haber sentido una mano amiga; haber acompañado a otra persona,
también existente, con nuestro amor, en su gozo o en su dolor.
Podrán venir revelaciones divinas prometiendo una pervivencia plena
y feliz más allá de la muerte y muchos las acogerán
con fe. Pero es bueno que todos alcancemos esa humildad ontológica
(previa incluso para los creyentes) de aceptar lo que uno es -ser contingente-
y gozarse de existir con la única clase de existencia que nos corresponde
a los que no somos ni éramos dioses. Sólo si logramos alcanzar
gozosamente esta humildad óntica, es como podemos abrazar y vivir
con clara alegría nuestra vida, que es mortal.
Y esta nueva alegría, detonador de nueva energía, es la
que nos podrá hacer pasar al estadio siguiente. A éste hay
que invitar por último, al joven y ojalá desee llegar a
él.
10. Vivir en paz y fiesta.
Cuando la gente está sumergida en cualquier guerra, llega un momento
en que se desea vehemente la paz, y hasta el precio que sea. Pero la paz
no es lo opuesto a la guerra. La guerra es acción, continua espectación,
acicate para iniciativa, es sorpresa, plataforma de grandes amistades
y heroísmos.
Lo opuesto a la guerra no es la paz sino la Fiesta, que encierra la misma
brillante y despierta actividad de aquella, pero de signo contrario. Quienes
quedan sólo en paz y no sepan llegar a la fiesta, volverán
-aunque sólo sea por aburrimiento- a hacer guerra, no importa contra
quién: vecinos, parientes o naciones.
¡Paz y Fiesta! ¡Saber vivir en fiesta! Vivirla con todas nuestra
fibras y energías. No es fiesta verdadera sino es global de todo
el ser humano. Su psique y su cuerpo. El ágape, tanto en la cultura
griega como cristiana, es la máxima expresión de la alegría
de haber sido traídos a la existencia, de compartirla con otros,
de manifestar nuestro gozo de ser algo en vez de nada.
Este esquema de estudios será bueno que se imparta cíclicamente
al niño, al joven, al adulto, profundizando cada vez más
los tema según la progresiva capacidad receptora y comprensiva
de los individuos. |